Sed por fuera y sed por dentro.
La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. San Juan 4:15
El pasaje de San Juan 4 en donde Jesús se encuentra con una mujer de Samaria que iba a recoger agua al pozo de Jacob en Sicar, no solamente es una de las historias más bellas para el cristianismo al relatarnos la conversación con destellos de eternidad en el corazón de aquella mujer y como Cristo con un diálogo perfecto derriba barreras étnicas entre los samaritanos y los judíos, sino que el relato juanino sentaría por todas las épocas del hombre el principio bíblico de que el hombre necesita un agua diferente para saciar su alma sedienta.
Nunca pasó por su cabeza que aquel día mientras se dirigía al pozo de sus padres, se encontraría con alguien diferente. Si, alguien distinto que no se parecía en lo mínimo a los hombres con los que ella intentó hacer una vida.
La mujer samaritana podía hablar de fe, conocia la heredad que su antepasado Jacob había dejado a su hijo José, sabía en donde se adoraba, en que monte se guardaba reverencia a Dios, conocía bien la fe de su pueblo, y sabía que un mesías llegaría para salvarles y declararles todas las cosas (verso 25).
Pero no sabía como atender el gran problema de su alma. Con lo externo no hay ningún problema, el desastre de ella estaba por dentro, donde nadie puede ver, excepto alguien que conoce todas las cosas de nosotros, y ese alguien había tomado un día de su semana ministerial para visitar el pozo de Jacob a la misma hora en la que iría la mujer.
No es una coincidencia. Jesús siempre ha programado tales citas.
Pero todo lo anterior era solo un maquillaje de piedad, pues la carga pesada que traía ella dirigiéndose al pozo estaba dividida entre el cántaro y una vida desastroza que le pesaba, y aunque el agua del pozo refrescaba su cuerpo, no así su alma que seguía sedienta por un Salvador que le refrescara para siempre, y así, echar de si misma la culpa, la verguenza y la evidente reputación que le había dejado las inconclusas relaciones con algunos hombres.
Después de una larga conversación, y de un encuentro personal con Cristo Jesús, su alma quedó al descubierto y por fin, ya no había nada que esconder y nada que temer.
Pero no hablemos de ella más. A la verdad la mujer de Samaria en San Juan 4:28 dejó su cántaro como si también estuviera dejando toda su vida pasada al lado del pozo, para correr a contar a otros como se habia encontrado con Jesús Su Salvador. Ella inmediatamente reconoció su tiempo de libertad y sanidad.
Hablemos de nosotros. Si, los que posiblemente insistimos en tomar agua del pozo para saciar una sed momentánea.
Si, los que insistimos en caminar con el alma sedienta sabiendo donde esta el verdadero pozo de nuestra alma.
Si, aquellos que conociendo la fuente de agua de vida eterna que haría que de mi interior corran ríos de agua viva, (San Juan 7:37) morimos de sed en nuestro interior por nuestro pecado y por nuestro orgullo.
Amados hermanos (as), Dios un día demostró sin ninguna duda, que El, en Cristo Jesús tenía la respuesta para el dolor, el pecado, la verguenza y la culpa del hombre, que divaga con sed en el alma.
No cavemos para si mismos cisternas o pozos que no retienen agua (como acusó el profeta al pueblo de Israel en Jeremías 2), sino que corramos a la única fuente de agua viva que es Cristo, para que nuestra alma no vuleva a tener sed jamás.
Aquella mujer caminó al pozo de Sicar con sed por fuera y por dentro, y fue tanto el gozo de conseguir el refrigerio de su alma, que olvidó el cántaro de su sed exterior. Porque siempre, siempre siempre, será más importante saciar nuestra alma, que saciar nuestra sed física.
Bendiciones
Pastor Randall Gamboa Guillén.


